Estoy durmiendo. De pronto siento que me elevo hacia el azul cielo. ¡Vaya qué sorpresa, me han crecido alas!. Primero me asusto, después disfruto, es tan grande lo que ven mis ojos…

¡Una inmensa pradera vestida de verde, combinada con pinceladas de colores que dan las flores dispersas por doquier, perfumando todo!.

Conviven todos los animales en paz, felices, sin necesidades porque los humanos les brindan todo lo que Dios les puso a su alcance, porque no sólo les dio la vida.

En mi titubear subo y bajo, temiendo no ser aceptado, pero sí, anduve con ellos, ladrando de aquí para allá por la alegría que había en mí, correteando con mis nuevos amigos, demostrándoles cuán contento estaba. Tanta era mi agitación que me hizo despertar de tan bello sueño y descubrir con infinita ttristeza mi realidad, era más dolorosa, al igual que mis compañeros abandonados, compartiendo diminúsculos espacios, a pesar del gran esfuerzo e inmenso amor que nos prodigan los que a nuestro lado están, protegiéndonos.

Necesitamos un hogar, aunque no sea como la pradera, pero si sentir que el sueño se hace realidad. Ese momento mágico en que alguien nos mire a los ojos y vea la enorme necesidad de cobijo y amor que tenemos, que alargue su mano para acariciarnos y así sentir otra vez las alas, tal vez mas suaves y livianas para así llegar a las puertas de nu nuevo hogar.

¿Alguien querrá este día arriesgarse a sentir juntos el amor infinito de dar y recibir sin pedir nada a cambio y que todos los días festejemos ¡El día del animal!!???

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Autor: Bety Mansilla